jueves, 5 de enero de 2017

BRUCKNER :: Sinfonía # 1 (versión LINZ 1865-66) :: Neumann, Gewandhaus

Caspar David Friedrich

La Sinfonía nº 1 de Bruckner prueba un camino distinto a las restantes, que el compositor no volvió a recorrer

Bruckner fue un creador eminentemente sinfónico, eso ya se sabe. Escribió nueve sinfonías con las que redefinió la extensión, complejidad estructural, riqueza temática y profundidad de ideas de dicha forma musical; y eso también se sabe. Hay quienes agregan que aquellas nueve creaturas monumentales gestadas por Bruckner no son sino nueve reiteraciones de un mismo esquema; y hay quien lo cree. Pero lo que esta última idea puede tener de graciosa, le falta de verdadera.

Cierto es que Bruckner cinceló un estilo y un concepto musical que, en sus líneas fundamentales, no gustaba de alterar. Pero, más allá de esta similitud en los cimientos, los edificios musicales difieren en ideas, desarrollos y contenidos. El mundo natural ante el cual se embelesa la Cuarta, la lucha interior que avanza desde los tropiezos y tristezas hasta la victoria en la Quinta, la fantasía y las libertades que animan a la Sexta, los logros rotundos de la Séptima, etc., nos ofrecen un indudable despliegue de variedad dentro de la unidad. No obstante lo anterior, en una de sus sinfonías la diferencia con las demás es aún más acentuada. Desde el comienzo de esta obra en particular, bajo un ritmo de marcha que pronto nos recuerda a su pupilo Mahler, el organista de San Florián ensaya una estética más deudora de Schumann, Mendelssohn, Schubert y otros románticos tempranos, en lugar de su venerado Wagner.

Me refiero a la primera sinfonía “oficial” de su corpus, la número 1 en Do menor.

Bruckner... pero no tanto

Fue escrita entre 1865-66 y estrenada por el compositor en la ciudad de Linz el año 1868. Con el tiempo, la sinfonía sufrirá revisiones extensivas. Así, en la actualidad contamos con tres partituras alternativas: la original de 1865-66, llamada también «versión de Linz sin revisar»; la retocada en 1877 sin cambios mayores y denominada «versión de Linz», a secas; y la revisada entre 1889-91, designada como «versión de Viena». Aunque esta última estampa la, digamos, voluntad final de Bruckner respecto de la sinfonía, también la despoja de sus cualidades originales al tratar de insuflarle el estilo de su madurez. Aunque ciertamente es una bella versión, y nos da un vistazo a la mente de un genio reconstruyendo su propia música, la mezcla de épocas tempranas y tardías dentro de un mismo estilo no acaba de cuajar.

De las tres, la versión de Linz es la más famosa e interpretada.

Los rasgos fundamentales del estilo bruckneriano se hallan presentes en la obra, todavía en estadio germinal, cierto, pero ya nítidos: su desarrollo bien calculado, su audacia en la modulación de armonías, sus pausas, sus abruptos cambios, los crescendos, el típico Scherzo y, sobre todo, la disposición de la sinfonía apuntando hacia el movimiento final como corolario. Con todo, estos rasgos aparecen iluminados bajo una luz distinta. Bruckner asimilaba entonces su aprendizaje teórico/práctico junto a Otto Kitzler. Respetuoso al extremo ante cualquier autoridad, el veterano aprendiz sigue las pautas definidas por su maestro pero también desarrolla un lenguaje personal. Esta obra convenció a Bruckner de haber encontrado su nicho creativo. Los años fecundos de Viena estaban por llegar.

* * *

silueta de Bruckner
Desde que tuve mi personal “epifanía” con la música de Bruckner, años atrás, cada obra del maestro significa para mí un diálogo, a veces casi un debate, pero a la postre una nueva ocasión para ensanchar el corazón y el amor por la belleza. Su música se me antoja siempre como un intento de “codificar” en términos musicales una profunda experiencia interior —una especie de visión trascendente— que pugna por comunicarse a través del lenguaje de los sonidos, triunfando sobre las cautelas de un carácter inseguro y obsesivo.

En el caso de la Sinfonía n° 1, la belleza de la obra no se pone en discusión. Ella nos permite imaginar por un momento a otro Bruckner, más distanciado de la influencia wagneriana. No ha llegado a ser todavía el «constructor de catedrales sonoras» —como quiere el famoso apodo— pero la sinfonía anuncia a un maestro en ciernes. Dato curioso: la frescura y desenfado de esta obra preocupaban al minucioso y obsesivo compositor adulto, que apodó a la sinfonía das kecke Beserl, algo así como “la muchacha impúdica”.

Los invito pues a oír esta obra donde Bruckner tantea un camino que no volverá a seguir. Elijo la interpretación (gloriosa para mis oídos) de Vaclav Neumann dirigiendo a la Orquesta Gewandhaus de Leipzig, recurriendo a la versión inicial de 1865-66.

¡Disfruten!

» D E S C A R G A

MP3 | 4 pistas | ABR 248 kbps [1-3]/CBR 320 kbps [4] 48 kHz |.7z 96,7 mb | Yandex


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